Mes: septiembre 2020

La Perricholi. Reina de Lima de Alonso Cueto (reseña)

Me fascinan los libros de ficción histórica y desde que se publicó el libro “La Perricholi. Reina de Lima”, del autor peruano Alonso Cueto, tuve muchas ganas de leerlo. Me interesa la época del Virreinato en el Perú, ya que soy fan de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma desde pequeña (mi tesis de la universidad es sobre él). Además, sé que el autor dedicó diez años a investigar y a documentarse sobre la protagonista para ofrecernos un libro sólido y dinámico a la vez. 

Foto: Sandra Ramírez Checnes. Portada del libro La Perricholi. Reina de Lima de Alonso Cueto.

Libre como el viento

El libro de Cueto nos aproxima a Micaela Villegas, la Perricholi, con una mirada de admiración que comparto. Fue una mujer trabajadora (actriz de teatro), que se casó cuando quiso y vivió su vida sin temer a los convencionalismos de la sociedad limeña del siglo XVIII. Spoilers. Incluso tuvo dos hijos con distintas parejas y trabajó para mantenerlos sin abochornarse por ser una madre soltera. ¿Sería una precursora del feminismo? Yo diría que sí. La escena en que insiste en ir a probar café, acompañada por su hermana mayor, a un establecimiento frecuentado por hombres lo ilustra. Ella no se inmuta cuando le indican que no pueden atenderla por ser mujer y solo se siente contenta cuando el mismo dueño de la cafetería las atiende. Recordemos que en esa época las mujeres no asistían a lugares públicos, de este tipo, sin la compañía de un esposo o pretendiente. 

Retrato de Micaela Villegas. Fuente: Compendio Histórico del Perú, Historia del Siglo XVIII, Tomo IV, Editorial Milla Batres S.A. Lima, 1993.

Para el amor no hay edad

La obra nos muestra toda la vida de Miquita, como la llamaría su amante el virrey Manuel de Amat y Junyent, desde su nacimiento hasta su muerte. Disfruto mucho de los libros en los que puedo acompañar a un personaje en sus alegrías, tristezas, errores y aciertos. Spoliers. Micaela tenía una personalidad magnética y una vez que logró conquistar al virrey lo manejó a su antojo a pesar de que él le llevaba unos cuarenta años de diferencia. Resulta cómica la escena en la que lo hace salir a medianoche, en pijama, a traerle una jarra de agua de la fuente de la Plaza de Armas de Lima. Como el mismo Amat reconoce en la historia, él gobernaba el poderoso Virreinato del Perú y en su corazón reinaba Micaela. 

Con paso firme

Micaela caminaba por todo el centro de Lima como si fuera un gran escenario y se engalanaba para ello. Son exquisitas las descripciones de todos los accesorios que usaba y cómo los llevaba. Cueto nos narra cómo le gustaba convivir con las vendedoras, los pregoneros e incluso con las estiradas damas limeñas que se pavoneaban seguidas de cerca por su séquito de esclavos. Spolier. Miquita confiesa que no podría vivir en ningún otro lugar del mundo y es una de las razones por las que no acompaña a Manuel Amat cuando él debe regresar a España. Además, nunca hubiera abandonado a su familia, a la que amaba y apoyaba con ahínco. Es satisfactorio verla convertirse en una abuela que hace sonar sus botines al caminar y que lleva el corazón henchido de amor por los nietos que le ha dado su hijo Manuelito. 

Les recomiendo este libro para que conozcan un poco más de la Lima en la que El Coliseo de las Comedias se abarrotaba de público y las tapadas de pie diminuto hacían sus diabluras. También encontrarán las historias de Santiago el volador, quien intentó fabricar una especie de aparato volador inspirado en las aves, y de la ingeniosa Marianita, una adolescente de trece años, obligada a casarse por su familia con un hombre que podía haber sido su abuelo y cómo escapó de ese infeliz matrimonio. Disfruten del gran trabajo realizado por Alonso Cueto.

Ficha técnica del libro
Título: La Perricholi. Reina de Lima.
Autor: Alonso Cueto.
Editorial: Literatura Random House.
Año: 2019.
Páginas: 442.

Algún lugar seguro – cuento

Llegó en la quincena de marzo, dos semanas antes de que comenzáramos la cuarentena en Lima. Yo no me sabía su nombre. Solo que, a veces, cantaba de día y que, al caer la noche, leía recostada contra el sofá, vestida con un camisón amarillo pálido. La observaba a través del ventanal. En mi edificio ingresa poca luz, aunque estés en el primer o en el último piso, es un problema de diseño. Quizás por eso todos dejamos las cortinas arriba. Miramos nuestras casas, perdemos el pudor y pueda ser que así nos sintamos menos solos. 

Foto de josue Verdejo en Pexels

Desde los diez años soy fanático de las computadoras. Programar es mi lenguaje. Instrucciones en serie, órdenes para controlar el comportamiento de una máquina. Mis jefes están a más de diez horas de diferencia horaria, es un alivio. Trabajo para una empresa india. No puedo negarlo, prefiero hablar con computadoras, su sistema nunca tergiversa. Es lo que es. 

Con R. sí pude comunicarme, al menos durante casi un año. También estudiaba ingeniería informática. Se vestía de colores y nunca se molestó porque yo solo usara negro. Es un color que no exige demasiado pensamiento, un uniforme que nadie nota. Con ella bailé y reí. Ojalá hubiera sabido sostener una red entre los dos.  

Y aquí estoy, coleccionando las risas, las canciones y los retazos de las frases que el viento empuja hasta mi departamento. Arruga la nariz cuando lee. ¿Qué pasajes la invitarán a hacerlo? 

Cómo conocerla. ¿Preguntarles a mis otros vecinos? No. Muy intrusivo. ¿Pasarle un papelito debajo de la puerta? No, podría asustarse. ¿Dejarle un cartel de hola desde mi ventana? Muy infantil. Qué difícil es ser adulto.

Hasta que una sarta de maullidos trepó por el ventanal. Me asomé. Tenía un gato, atigrado y rechoncho, color miel, con rayas más oscuras. Un tigrecito. Los maullidos, agudos, como exaltados. 

Respiré hondo, la busqué en el chat del edificio (no tenía nombre, solo un número) y envié el mensaje:

-Hola, soy Carlos. Tu vecino del quinto piso. 

-Hola. Dime.

-¿Está bien tu gato?

Dos horas después: 

-Hola. Sí, ¿por?

-Su maullido se oía un poco raro. 

-¿Eres veterinario?

-No, pero mi mejor amigo lo es y cuando su gato está enfermo su maullido cambia. 

-Ah, todo bien. Gracias…. Soy Paz. 

Chateamos dos semanas. Conversábamos de la vida anterior. Éramos felices y no lo sabíamos. O sí lo sabíamos pero no lo decíamos en voz alta. Me mandaba memes de gatos y yo le enviaba memes literarios. Me dijo que me veía todo el día en la computadora. Le expliqué mi trabajo. Es difícil hacerlo porque es indescifrable, incluso para mí. Me sentí conectado pero con algo más real, más visible, una conexión humana que había dado por perdida.  

La última noche de esas dos semanas escuché un grito. ¿Sería ella? Revisé el WhatsApp del edificio. Ni un mensaje. Le escribí para preguntarle cómo estaba. Nada. Era muy tarde, yo estaba hablándome con mis jefes. Volví a revisar el teléfono buscando su respuesta y nada. 

Pasé un larguísimo día esperando que la cortina de su ventana se descorriera. Intentando verla. O a su gato. Alguna muestra de vida. Su voz llegó de pronto. Cantaba. Me concentré en el trabajo y esperé tranquilo a que me hablara otra vez. Pero volvió el miedo. Un dolor de pecho, la garganta obstruida, la saliva pesada. La primera vez que sentí las palpitaciones creí que iba a morir. Recién había comenzado la universidad y antes de los exámenes parciales terminé en emergencias. Mis padres creyeron que era un preinfarto, en mi familia hay un largo historial de enfermedades al corazón. No. No tenía nada. Me enviaron a casa con un calmante. Me recomendaron hacer deporte y tomar la universidad con calma. R me calmó. El tiempo que estuvimos juntos me asusté menos de estar vivo. Respiro, respiro. Cuento hasta diez y vuelvo a empezar. Me sumerjo en el entramado de la computadora, codifico. Respiro.

Paz leyó el chat de Carlos. Mencionaba el grito que ella quería olvidar. Lo ignoró. Deseaba borrar de su mente el instante en que le avisaron que Laura, su prima más querida, había muerto. Lloró encerrada. Lloró furiosa. La pandemia no le permitiría despedirse, verla una vez, la última, imaginar que vivía. Refugiarse en los libros, hacer los informes de lectura, qué más quedaba. Pero no encontraba palabras para decir: No puedo hablar. No ahora. 

Miraba mi celular a cada rato. ¿Estaría enferma? Es horrible inventarse historias cuando no tienes certezas. Y la ventana seguía cerrada. Esperé un mes entero. De día y de noche me reconcentré en el trabajo y fui ascendido a jefe de programadores. Aunque mi inglés es malo, parece que lo críptico es el lenguaje universal. 

Tomé un libro de mi estantería, el único de narrativa. Me vestí con un abrigo impermeable negro al que rocíe de alcohol; con mascarilla y protector facial, con guantes descartables, una improvisación de astronauta pero tan necesaria. El sol había roto la neblina. Me sentí confiado. Toqué el timbre, esperé y unos pasos tímidos se acercaron. Por toda respuesta escuché los maullidos y las pisadas alejándose. Regresé con el libro a mi puerta.

No insistí más. Estaba viva. Eso era todo lo que importaba.

Al poco tiempo me enteré de que había dejado el departamento. El portero me dijo que tuvo un problema familiar y se fue con dos maletas, el gato y una jaula. Ningún mueble era suyo. Veo el sofá, conserva la hondura de su cuerpo. 

He pedido a una librería los libros que me recomendó. Aunque los lea todos no voy a entenderla. 

El misterioso caso de Styles de Agatha Christie (reseña)

El 15 de setiembre se celebra el nacimiento de una de mis escritoras favoritas y para mí la maestra de la novela de detectives: Agatha Christie. Además, este 2020 se cumplen 100 años desde que llegó a las manos de los lectores su primer libro titulado El misterioso caso de Styles, obra que fue publicada por primera vez en los Estados Unidos en octubre de 1920 y en el Reino Unido en 1921.

Hastings y Poirot

En esta historia el capitán Hastings ha regresado de la guerra y es invitado por su amigo John Cavendish a pasar una temporada en la residencia de Styles. Las vacaciones se arruinan cuando Emily Cavendish, madrastra de John y dueña de la mansión, aparece muerta en su dormitorio. Al principio se cree que murió de un paro cardiaco, pero más adelante se comenzará a sospechar que fue envenenada. Situación que permitirá que aparezca, por primera vez, el detective Hércules Poirot, del que Hastings es amigo y colaborador,  y ponga en funcionamiento su característica inteligencia. También se presentará en escena el inspector Japp, personaje recurrente en posteriores novelas de Christie. 

Hastings, Poirot y el inspector Japp en la película que se realizó basada en el libro.
Fuente: abc.es

Los habitantes de la mansión Styles

En algunas ediciones se presenta una útil guía del lector, ya que en la obra intervienen casi una veintena de personajes, lo que puede generar confusión e impedir que se disfrute del caso. En la mansión, ubicada en Essex (Inglaterra), viven los hijastros de Emily, la esposa del mayor de ellos (John Cavendish), Alfred Inglethorp (segundo esposo de Emily), Cynthia Murdoch (protegida de Emily), Evelyn Howard (mejor amiga de Emily) y los sirvientes. Además, se incluyen un par de diagramas para conocer la distribución de la casa y conocer qué dormitorio pertenece a cada miembro de la familia. Información que será muy útil para que Poirot vaya descifrando quién miente sobre en qué lugar estaba al momento del crimen. 

Poirot y el asesino

Las pruebas que empiezan a aparecer requieren que el lector esté muy atento, ya que Poirot no suelta prenda y no comparte sus hallazgos con Hastings. A lo largo de las páginas hace que su amigo y todos los que estamos leyendo nos devanemos los sesos buscando al asesino. Comienzan los spoilers. Inicialmente todos los hechos apuntan a Alfred Inglethorp, ya que se convertirá en un viudo muy rico, pero el detective se empeña en impedir que sea juzgado. A pesar de que el hombre no tiene una coartada sólida, estuvo ausente la noche del asesinato y el farmacéutico del pueblo declara haberle vendido un veneno. 

Portada del libro El misterioso caso de Styles. Foto: Sandra Vanessa Ramírez Checnes.

No todos son lo que parecen 
Los dos hijastros de Emily Cavendish son acusados por el asesinato, pero es John quien se lleva la peor parte, ya que en horas previas a la muerte de su madrastra discutió con ella de forma acalorada. Vienen más spoliers. Por otro lado, las huellas de Lawrence, hermano menor de John, aparecen en una botella con estrictina (veneno) del dispensario en el que trabaja Cynthia Murdoch. ¿Cómplices del asesinato? Sí, existen un par de cómplices, pero no son ellos. ¿Serán la esposa de John y su amigo el toxicólogo? 

Finalmente, debo comentarles que me gustó el libro sobre todo porque pude acompañar a Hércules Poirot en su primera investigación. Además, fue excitante verlo desenmascarar a la mente maestra del crimen. Los invito a disfrutar de este clásico de las novelas de detectives y sobre todo a seguir leyendo a Agatha Christie.